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LAS CASAS CIEGAS 12 mayo - 14 julio, 2022
  • Blind House 13. Fall, Milford, PA

    Blind House 13. Fall, Milford, PA,

HOJA DE SALA

La nueva individual de este dúo colaborativo de artistas multidisciplinares gira en torno a un grupo de 12 fotografías de la serie en curso Blind House, que se expuso por primera vez en el Instituto de Humanidades de la Universidad de Michigan. "Cada una de estas 17 fotografías de casas a poca distancia de la ciudad de Nueva York ha sido alterada digitalmente para enmascarar las ventanas. Estas casas sin ventanas parecen carecer de almas, no son solo ciegas, como sugiere el título, sino que no tienen ojos". ((Sharp, S. R. (2019, abril). Fotografias extrañamente inquietantes de casas sin ventanas. Hyperallergic.com. https://Hyperallergic.com). Junto a ellas, dos nuevas esculturas, una de pequeño formato titulada Splitting, 2022 en referencia a la obra del mismo título que creó Gordon Matta-Clark en 1974, y una espectacular de realidad aumentada, titulada The Bird House, 2022. Además, unos pequeños objetos que nos van a sorprender después de que lleven tiempo observándonos, y un vídeo, Woke Woods, 2022, realizados ex profeso. Por último, la instalación interactiva Utopia Work Station, 1998-2022. Las obras de la exposición retoman el tema del aislamiento de la cuarentena: la soledad que viene con la “fiebre de cabina” y las nuevas relaciones inesperadas hechas en ausencia de contacto humano.


Pero originalmente, el proyecto fotográfico respondía a inquietudes de etiología diferente. La serie Blind House comenzó en 2013 y fue concebida como una metáfora de la opacidad radical necesaria para sobrevivir en la era del spyware, el robo de identidad, el jaqueo mental de las posverdades y noticias falseadas y la vigilancia digital corporativa o estatal. Ahora, sin embargo, con más de dos años de pandemia en nuestro haber, estas fotografías se leen menos como una metáfora y más como una serie de opciones reales en un catálogo de búnkeres pandémicos. Sobre el tema de las nuevas relaciones alimentadas en ausencia de contacto humano dicen los artistas: "Los árboles detrás de nuestra casa de Pensilvania se convirtieron en una fuente renovada de fascinación. Para nosotros, siempre habían sido más como un hermoso decorado o marcadores de millas que definían los perímetros de nuestras caminatas diarias. Pero con el aislamiento, nos volvimos cada vez más conscientes de su sensibilidad y nos encontramos ¨antropomorfeando" sus atributos. Durante el invierno de 2021, nos imaginábamos que tenían pelaje y eran de sangre caliente y los abrazamos. También los imaginábamos mirándonos a nosotros y a nuestra casa con sus ojos nuevos y curiosos". Algunos ejemplos de este extraño fenómeno que se esconde a plena vista justo detrás de la casa de los artistas pueden encontrarse en el Amster Yard del Instituto Cervantes de Nueva York, que expone la obra de estos artistas simultáneamente y en el vídeo titulado “Woke Woods” en la Galería Isabel Hurley. Además los artistas han adaptado la pieza para un espacio interior: las paredes tienen ojos.



También se podrá participar en la instalación interactiva
Utopia Work Station, 1998-2022. Este es un proyecto en curso. La última iteración fue instalada en el Museum der Moderne Rupertinum, en Salzburgo y estuvo abierta al público hasta el 13 de marzo del año 2020, cuando se cerró por la pandemia. Sentados dentro de una caja de cristal se pide a los visitantes que pongan su propia utopía en papel. Primero se les pide que lean el texto que se ha escrito inmediatamente antes, del que luego tienen que deshacerse para crear un utopía propia. Este proceso hace hincapié en que una utopía raramente puede coexistir con otra.





Blind House

Statement



Vivimos en una casa con muchas ventanas; cuarenta y cinco ventanales de cristal que nos ofrecen vistas y luz, pero a veces nos preguntamos quién o qué podría estar vigilándonos a través de ellas. Nos encanta abrirlas y respirar el aire fresco que penetra, proveniente del bosque de pinos que nos rodea, pero al mismo tiempo recelamos de lo todo lo demás que pudieran estar dejando entrar. Amamos nuestra proximidad a la naturaleza, pero la naturaleza últimamente ha dado un giro moribundo. Las enfermedades arbóreas y las polillas gitanas asolan las cicutas, los arces y los robles y cada nueva súper tormenta derriba más árboles debilitados. El bosque está visiblemente marcado por las batallas que libra y aunque la primavera trae esperanza, con ella también llegan garrapatas y la rabia. El aire está contaminado con partículas, las aguas subterráneas se ensucian y el sol puede provocar el cáncer.


Con la naturaleza como entidad dudosa, nuestro sueño de vivir en una casa abierta a la ella se ha vuelto contra nosotros. Nos sentimos expuestos y necesitados de protección: filtros de aire, cortinas, bloqueadores UV, extractores de radón y tratamiento de agua. Pero como la mayoría de nosotros sabemos, las ventanas más problemáticas en una casa son las virtuales. En nuestro caso, contamos teléfono móvil personal tres iPads, Alexa, dos computadoras y dos cámaras nido,por lo que nuestro número total de ventanas llega a cincuenta y cuatro. A diferencia de las ventanas reales, estas últimas nueve, digitales, resisten y eluden todo tratamiento imaginable.


Un enfoque para entender nuestro proyecto Blind House es pensar en él como la flor distópica de una semilla utópica. En Estados Unidos, esa semilla fue plantada en 1949 por Philip Johnson cuando construyó su famosa Glass House en una zona exclusiva, en el centro de 50 acres, en New Canaan, Connecticut. (1 Though the original glass house should be credited to the genius of Mies van der Rohe. ) Las casas de cristal reales son hermosas y sexy. Hasta hace poco, habitar una vivienda de este tipo parecía envidiable, ya que, en la imaginación popular, eran una especie de santuarios donde los privilegiados podían mirar en todas direcciones sin moverse de una habitación a otra.


Philip Johnson dijo de su casa de cristal: "Proclamo que es la única casa en el mundo donde se puede ver la puesta de sol y la salida de la luna al mismo tiempo, de pie y desde el mismo sitio. Esto es imposible en cualquier otra; tienes que cambiar de habitación para ver uno u otro de esos efectos. Pero en la Glass House yo los disfruto siempre de manera simultánea." (2 Walking tour with Philip Johnson, 1991 ) Por esa razón, el componente más importante de una casa de cristal no era el edificio en si sino sus vistas, como comenta Johnson más tarde: "No se olvide de que, de una u otra forma, se trata más de paisaje y naturaleza que de arquitectura." El elitismo asociado a estas casas no se debe solo a lo que cuestan, sino al precio que se debe que pagar por poseer las vistas que hay desde ellas, ya que incluso siendo sus dueños ¿es posible controlarlas? Hoy en día, en la era de los drones y la vigilancia sigilosa, la respuesta sería no. El mismo Philip Johnson tendría que negociar con la visión que posibilita la vigilancia subrepticia y que, además, puede registrar cada detalle de la vida diaria para ser usada contra el. No es de extrañar que el entusiasmo desmedido por el deseo de cambio a una casa de cristal clásica haya disminuido. Es difícil disfrutar de las vistas continuas de 360 grados desde ellas sin ser muy conscientes de los 360 grados de exposición continua que conlleva ser sus habitantes. La verdadera casa de cristal es un anacronismo de una época pasada, que a estas alturas parece una utopía dorada. Ahora bien, cuando pensamos en la Glass House es más a menudo como metáfora de la transparencia en la era de la conectividad. Hasta hace poco, era frecuente elogiar esta noción de transparencia como un avance positivo. Algunos magnates de las redes sociales afirmaron que no estábamos perdiendo privacidad sino avanzando en la evolución social al conseguir la transparencia total, y que deberíamos esforzarnos por ser el tipo de personas que no tienen nada que ocultar, lo que nos haría mejores. Otros no disputaron tanto la pérdida de privacidad, sino que sugirieron que si no podíamos controlar la transparencia sería mejor mantenerse fuera de Internet y deshacerse de todos los dispositivos. Resulta irónico que la casa de cristal, en un tiempo privilegio reservado para unos pocos afortunados, se ha transformado en algo más parecido a una maldición generalizada. En la medida en que estamos conectados, todos hemos quedado encerrados en este nuevo tipo de casa de cristal virtual, un encapsulado transparente que contiene todo lo que somos, atados a una dirección IP. Este paradigma de la Casa de Cristal es uno al que nos sometemos a regañadientes. Después de todo, ¿qué otras opciones nos quedan para abandonar la civilización por algún desierto y dedicarnos a la pesca o a la agricultura de subsistencia? Para existir en esta casa de cristal virtual uno debe aprender a abrazar la pérdida de privacidad a costa de estar conectado. ¿Cuántos todavía imaginamos que las fotos familiares que publicamos en Facebook solo serán vistas por amigos, o que nuestras conversaciones en la intimidad doméstica son privadas? Pero ¿es sostenible tal exposición? ¿Quién puede soportar ese tipo de escrutinio fulminante, el robo de datos y el hackeo cerebral que comporta estar conectado? Pues resulta que casi todos. Aunque seamos conscientes de que nuestra conexión tiene un precio, la pagamos. Porque la verdad es, al menos por ahora, la explotación es más o menos indolora. Incluso si estamos siendo utilizados de maneras que no entendemos; es una forma de explotación que puede pasar inadvertida (hasta un determinado punto). Cookies, malware, spyware, bots y trolls son solo las últimas incorporaciones a los parásitos tradicionales que viven dentro de nuestros cuerpos. Estos nuevos ciberparásitos son como los corporales, solo que por medio de ellos otros se benefician de nosotros sin delatarse. Nos afectan, pero en formas difíciles de cuantificar. Mientras aquéllos viven de los intestinos y la piel, los ciberparásitos se alimentan de los estados cerebrales y emocionales e influyen en ellos. Venden nuestros hábitos y modifican nuestras debilidades y deseos. Hackean cerebros y roban votos. "Es una noción interesante el que mas que luchar contra la pérdida de seguridad debemos abrazar la falta de ella con esta apertura a la información personal identificable." (3 Marty Nemzow, Public Privacy and the Glass House, Baselinemag.com, August 31, 2012) Desde que se escribió esto, en 2012, una gran cantidad de estiércol ¨ha pasado bajo el puente¨. Entonces era posible imaginar y articular una utopía de transparencia que ahora suena ingenua en extremo. Hoy en día, la idea de abrazar la transparencia se nos antoja equivalente a "la inconveniencia insignificante de que te vuelen los sesos." (4 Louisa May Alcott, Behind a Mask, or a Woman’s Power, 1866, Public Book Domain, Kindle Edition) Somos un nuevo tipo de recurso natural no regulado, una materia prima de la que se aprovecha abiertamente todo tipo de voyeur, ya sea empresarial, gubernamental o sexual. Se reúnen nuestros datos y después cotejan y archivan todo. Se comercia con lo que es de valor ahora, pero se almacena y atesora lo demás en el convencimiento de que cada dato tendrá su momento.


El catálogo en constante expansión de dispositivos de vigilancia parece un bestiario. Tal vez sería paranoico imaginar drones colibrí flotando fuera de la ventana de nuestra cocina mientras pequeños helicópteros Black Hornet de tamaño insecto revolotean por el jardín. Pero mientras escribimos esto, el aeropuerto de Heathrow está cerrado debido a la presencia de unos drones en los alrededores. Los drones se vuelven cada vez más pequeños y sigilosos. Muy pronto los habrá de araña doméstica y drones mariposa. La privacidad, si existiera alguna en el futuro, será la consecuencia desmoralizadora del estatus personal como objetivo de bajo valor. Solo los don nadie escaparán al escrutinio. Conéctate a través de una VPN y ten cuidado con lo que escribes y dices. Cubre las ventanas y pon cinta sobre los agujeros clave en tu privacidad de los dispositivos, pero aún así podrás seguir siendo espiado. No solo se sofisticarán y actualizarán sus algoritmos, sino que podrán descubrir las maniobras evasivas y marcarlas como sospechosas.


' ******** Las Casas Ciegas se basan en casas reales que albergan a familias como la nuestra. Personas que, nos imaginamos, vinieron a la zona atraídas por la promesa de espacio, tranquilidad y aire fresco, pero que ahora se encuentran más o menos atadas a un sistema invisible de cables y dispositivos de sacrificio. Al fotografiar sus hogares, retirando las ventanas y puertas, estamos visualizando el polo opuesto de una casa de cristal: un encapsulado opaco que protege la vida secreta de su interior. Es un remedio simbólico en lugar de uno real que no existe. La privacidad es un concepto que puede ser discutido en términos históricos o como un ideal platónico pero ¡buena suerte al experimentarlo!. Como estado o situación alcanzable, casi ha desaparecido. Nuestro proyecto es visual y metafórico: reemplazar el vidrio por madera o piedra. Ya hemos quitado cientos de ventanas y puertas, pero hay muchas más casas. Aunque en realidad no importa. Nuestro proyecto, por supuesto, no arregla nada. Nuestras Casas Ciegas son solo metáforas de protesta visual, un contrapunto opaco al paradigma de la Casa de Cristal. A modo de declaración sociopolítica, nuestro proyecto no es más que un gesto de débil desafío frente a un tsunami de datos indiferente que lo absorbe todo y deja el caos a su paso.

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© 2011 Isabel Hurley